Rita y Claudio eran una
pareja funcional, no demostraban pasión aparente. No eran una pareja de las que
uno lee en las novelas de amor o ve en las películas de cine independiente. Si
ellos simplemente dejasen de existir nadie lloraría por su ausencia, nadie
contaría historias sobre sus anécdotas de amor, porque cuando se trataba de
ellos, el amor estaba sobrestimado.
Tenían cinco años de noviazgo pero no presentaban señales de interés de convivir juntos. Ellos eran felices y
funcionaban viviendo separados, durmiendo juntos los fines de semana.
Dos noches anteriores al
cumpleaños de Rita, ella recibió de parte de Claudio preguntas inquisidoras
sobre que anhelaba como regalo de cumpleaños. Sus respuestas a todo siempre connotaron
que esperaba algo sencillo pero sorpresivo.
La mañana del natalicio de
Rita, lo primero que visualizó fueron las cortinas blancas del cuarto de
Claudio bailando a través de los rayos del sol debido a la escasa brisa que
anunciaba una primavera prometedora. Claudio entregó a la hermosa mujer que aún
reposaba en su cama un pequeño cilindro envuelto de manera tosca e infantil.
Apresuradamente Rita desenvolvió el presente dejando al descubierto el único
regalo que iba a recibir en ese día, un cepillo de dientes color rosa.
El regalo de cumpleaños
número veinticinco fue el más hermoso que Rita recibió en toda su existencia.
Fue el deseo, el sentimiento de saber que en el mundo existía alguien a quien
ella le pertenecía y esa sensación era recíproca.
Ese día Rita recibió como
regalo de cumpleaños por parte de Claudio un te amo incondicionalmente.
Me gustan tus finales
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