30 de noviembre de 2014

Dueños

Rita y Claudio eran una pareja funcional, no demostraban pasión aparente. No eran una pareja de las que uno lee en las novelas de amor o ve en las películas de cine independiente. Si ellos simplemente dejasen de existir nadie lloraría por su ausencia, nadie contaría historias sobre sus anécdotas de amor, porque cuando se trataba de ellos, el amor estaba sobrestimado. 
Tenían cinco años de noviazgo pero no presentaban señales de interés de convivir juntos. Ellos eran felices y funcionaban viviendo separados, durmiendo juntos los fines de semana.
Dos noches anteriores al cumpleaños de Rita, ella recibió de parte de Claudio preguntas inquisidoras sobre que anhelaba como regalo de cumpleaños. Sus respuestas a todo siempre connotaron que esperaba algo sencillo pero sorpresivo.
La mañana del natalicio de Rita, lo primero que visualizó fueron las cortinas blancas del cuarto de Claudio bailando a través de los rayos del sol debido a la escasa brisa que anunciaba una primavera prometedora. Claudio entregó a la hermosa mujer que aún reposaba en su cama un pequeño cilindro envuelto de manera tosca e infantil. Apresuradamente Rita desenvolvió el presente dejando al descubierto el único regalo que iba a recibir en ese día, un cepillo de dientes color rosa.

El regalo de cumpleaños número veinticinco fue el más hermoso que Rita recibió en toda su existencia. Fue el deseo, el sentimiento de saber que en el mundo existía alguien a quien ella le pertenecía y esa sensación era recíproca.

Ese día Rita recibió como regalo de cumpleaños por parte de Claudio un te amo incondicionalmente.

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